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ISSN 1989-4163

NUMERO 42 - ABRIL 2013

Cantos de Luna Vieja (III)

Edgard Cardoza

IX

Dichosa el agua que se bebe a sí misma. ¿Cuándo acabarán
de devorarme estas imágenes?
Octavio Paz

El río
es la frontera natural que divide lo propio de lo extraño.

A éste lado del río
están los recuerdos que me mantienen vivo
y esperando que Dios me toque al fin
con su mano generosa.

Pero la generosidad de Dios es relativa:
nunca se sabe
si lo que poseemos es poco o demasiado
o si el supuesto atributo es gracia o maldición.

Visto del otro lado
el río parece fluir a paso inverso al mío,
en aguas donde todo es boyante,
oportuno,
en perfecto equilibrio con su cauce maestro,
haciendo rodar piedras multicolores
que se instalan en el lugar exacto
para que el brillo opaque las aguas de mi flanco del río
o abriendo enormes grietas
donde se precipite el agua que discurre
a través de mis pupilas.
 
Es siniestra
–no dichosa–
el agua que devora lo que fluye paralelo a su cauce,
terminará [irremediablemente] bebiéndose a sí misma.

Aún así
yo aguardo
a que Dios me suelte de su amorosa y compasiva mano derecha
y me dé su otra mano,
la dadora perversa,
la siniestra,
para experimentar lo que es beber un río
y de sobremesa devorarse a sí mismo.
  
¿Sabrá este Río Viejo
toda la metafísica que cabe en su ir sin regreso?

Si el Río
–que sabe más por río que por viejo—
hablara
me diría con cristalina voz de manantial:
simplifica en una sola imagen el discurrir del agua,
deja de ser orilla en confusión,
sé sólo puente.

 

X

Desde la cima del Cerro de la Cruz
la luna observa el pueblo con pupilas de madre protectora
(hace casi cien años
misioneros cristianos plantaron en su faz más visible
la cruz que tantas veces
los rayos han embestido sin dañar).

Todos sentimos que en ese cerro habita
el útero
donde aquellos abuelos urdieron nuestras vidas.
  
Es por eso
que cuando existen dudas
o el camino se estrecha
o la luz se nos niega,
invocamos los hados que desde allí nos cuidan
pues la luna que habita en nuestro cerro amigo
es siempre luna llena.

 

XI

Recuerdo
que una vez hice el amor a plena luz del día
en el lecho vertiente del Río Viejo.

Todo fue natural como los pájaros
que agitaban su canto
entre la blanca miel del Tigüilote
o las piedras tan lisas
de tanto madrugar para que el viento
tendiera en sus espaldas
los ropajes empapados de luna.

A lo lejos un puente
cumplía con su encargo de acompasar las aguas,
y las garzas volaban hacia los arrozales
y los garrobos completaban su atuendo
con las crestas del sol de la mañana.
   
Después de cuarenta años estoy de nuevo allí:
el Río Viejo me viste entre sus aguas
con su mejor sonrisa
y con mi desnudez más transparente.

 

Cantos de luna vieja

 

 

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